3000 MILLAS A BORDO DEL KINETIC
Una travesía transatlántica, de Oriente a Poniente.
Bruno Grassotti,
febrero 2024
Mosquitos, malditos mosquitos. El sol freía mis pómulos, no había brisa que pudiera refrescar la humedad tropical que nos bañaba en nuestro propio sudor. Esta ausencia de viento marcaba mis días libres. Me dedicaba a enseñar a personas de todo el mundo a dominar el bonito deporte del kitesurf, y para esto, es necesario algo más que un airecillo. Y allí estaba, sentado plácidamente en una hamaca, pluma en mano y cuaderno en la otra, observando a los insectos intentando chuparme la sangre y preguntándome cuántas probabilidades tenía de pillar el dengue con la cantidad de picaduras recibidas. También me preguntaba otras cosas, como qué haría tras dejar la bonita Sri Lanka, que me acogió durante unos plácidos y calurosos 3 meses. Decidí viajar por Asia durante varias semanas, recorriendo países, y disfrutando de la libertad de mi soledad. Nadie a quien dar explicaciones, y sin más responsabilidades que las de mantenerme con vida y no gastar todo mi dinero.
Para aquel entonces ya sabía que en junio me esperaban en el Este de África, en la isla de Zanzíbar, donde comenzaría a trabajar de nuevo, como instructor. Lo cierto es que no sé exactamente cuándo, pero en algún momento, la idea de cruzar el charco surgió en mí. Tras Asia y África, tenía sentido ir a América. Recuerdo que en esos días estaba obsesionado con buscar grandes aventuras. Una de las que se quedaron en la lista fue el volcán Kilimanjaro, la cumbre más alta de África. El problema era que para escalarla había que desembolsar un par de miles de dólares, tienen una buena “mafia” montada para obligar a todos los extranjeros a ir con guía, porteadores, y diferentes permisos. Tuve que descartarlo. Seguí pensando, y fue, en otro día de calma, en la playa de Paje, Zanzíbar, cuando vi uno de esos “mtepe”, los barcos tradicionales de los Suajilis, que flotaban en las aguas turquesas, esperando a que la marea los abandonara en la arena durante unas cuantas horas, antes de que esta volviera a hacerlos levitar… las mareas determinan gran parte de la vida de los pescadores en esta zona del globo, y sin duda, para los instructores, que esperábamos con ansia ese momento del día en el que el nivel de agua no era tan bajo que solo se veía arena blanca cientos de metros a lo lejos, ni tan alto que los estudiantes intentaban llegar de puntillas a ponerse de pie, como bailarines de ballet, sin éxito. Vi el mar como un lugar que llamar hogar. Un hogar en constante cambio. A veces amable, a veces hostil. De cierta forma, ese no saber, me hace sentir más cómodo que una vida plana, previsible, cómoda. Esa misma tarde empecé a buscar un barco para cruzar el Atlántico, de Este a Oeste.
Tardé aproximadamente un mes. Mandé cientos de mensajes, contacté a conocidos, y al final, fue Facebook el que me conectó con el capitán Keith. Él anunció en esta plataforma que planeaba cruzar, además en unas fechas que me venían de perlas, finales de diciembre, lo que me daba un poco de margen, para, tras un año, reunirme de nuevo con mi gente. Intercambiamos algunos mails, y llegamos a un acuerdo. La paz que sentí tras buscar durante semanas y finalmente confirmar barco y capitán, fue enorme. Octubre llegó, la temporada terminó, y yo tomé un vuelo a El Cairo. Allí me encontré con Ahmed y Khaled, queridos amigos que conocí en los meses anteriores, juntos a ellos disfruté de una decena de días entre pirámides y lagunas con vientos perfectos. Finalmente llegó la hora de volver a casa. Del caos de El Cairo a la ruidosa Barcelona. Se sintió extraño volver a pisar esas calles que una veintena de meses atrás me habían sido mi hogar. Allí me quedé varios días, formándome en supervivencia en la mar, en el puerto de la ciudad, y disfrutando de la compañía de gente hermosa, mis compañeros de aventuras, Elmo, Leo, Maria, Greta,… y muchos más. Seguí visitando a mis hermanos, que están esparcidos por el mundo, Samuel en Holanda, donde pasamos una semana colmada de música en vivo, setas, paseos, buena comida, y el amor de una amistad atemporal. También saludé a mi compadre Adrian, en la bonita Bilbao donde nos dedicamos a surfear las olas y el asfalto. Eventualmente, volé a Gibraltar, para pasar una semana a bordo del Brodie Girl, el velerito de cuarenta pies, con el que navegamos por el estrecho, pasando por Ceuta y otros puertos en la costa mediterránea española, como La Duquesa. Fue una semana de formación intensa. La parte práctica, junto a la teoría, me otorgaban el grado de Day Skipper. Ahora sí, volvía a casa. Tarifa. Realmente mi intención es contaros sobre la travesía, pero no puedo pasar por alto todo lo que sentí al volver al hogar. Parecía un sueño, uno de esos que cuando despiertas no sabes si es real o lo has soñado. Aunque solo hubiera pasado un año, había sido, para mí, el año más denso de mi vida. Todo seguía en el mismo lugar, nada había cambiado. Me alegré de ver a mi madre, y también me di cuenta de que aún había mucho que sanar en mi relación con ella. Mi padre, con cincuenta años, está más en forma que yo… me sentí orgulloso de él. Miguel, Lunita, Luna, Selena, todos los seres hermosos que pude reencontrar en casa, y a los que les envío todo mi amor desde aquí. Mi hermana que sigue creciendo y haciéndose una mujercita increíble. A ella la visité en Granada, donde estudia, un lugar mágico. De hecho, fue el lugar del que me despedí de la Península Ibérica antes de dirigirme al siguiente destino. Vamos a darle al botón de avanzar… El barco salía desde Gran Canaria. Allí volé a principios del último mes del año. De nuevo, rodeado de mi gente. Antes de continuar, quiero agradecer a Jack, Idris y Felipe por acogerme en la isla, por darme techo, y por ser una familia con la que siempre puedo contar. Con ellos pase la primera semana. Surf, baile, y sobretodo una búsqueda intensa de trabajo, para no llegar al otro lado del océano sin un buen plan para ganarme el pan.
En este punto tal vez te estás preguntando si voy a comenzar a relatar el viaje en algún momento. ¡No te sulfures amigo! Era necesario un poco de contexto. El Kinetic of Cardiff descansaba en la marina de Mogán, al sur de la isla de Gran Canaria. Tras pasar una semana en Las Palmas, la capital, finalmente llegó el momento de conocer a la tripulación, y la embarcación. Caminé desde la parada de autobús hasta el puerto. En el trayecto me vi inundado en una nube de turistas, principalmente ingleses retirados, que arrastraban sus cientos de kilos de grasa de bacon por las bonitas calles del municipio, a la vez que desprendían ese característico olor a sunscreen. Tras el paseo que no duró mas que cinco minutos, entre en la marina y empecé a buscar el barquito de color azul, construido en acero, de apenas once metros de eslora. Recuerdo cuando posé la mirada en él por primera vez. ¿En serio voy a hacer esto? Fue lo primero que me dije, cuando me imaginé flotando en medio del desierto oceánico, a bordo de unas cuantas láminas de metal, madera y un mástil de aluminio que aupaba un amplio juego de velas. Agarre uno de los dos cabos que lo mantenían firme a tierra, y tire de él para acercar la proa hacia mí. La primera pisada en la cubierta fue la confirmación de que todas estas semanas de preparación y espera, se hacían realidad.
Finalmente pude poner cara a esos dos nombres, que conocía desde hacía meses, el equipo, que junto al capitán y yo, formábamos la tripulación completa. Hubert fue el primero que conocí. Inmediatamente supe que seríamos buenos amigos. Pude ver la emoción, el deseo, las ganas de aventura en sus ojos. Aunque nuestras vidas eran, de cierta manera completamente distintas, esa mirada la compartimos, y no hizo falta nada más. Un holandés en toda regla, con el cabello claro, rozando el rojizo, estaba en forma y su altura supera a la mía por un par de pulgadas. Seguidamente estreché manos con Jonáš, de la República Checa. Enseguida pude notar que tenía una increíble sensibilidad emocional y energética. Rozaba los 30, en sus palabras percibí que llevaba varias batallas internas en sus hombros, pero esto solo lo había acercado más a ser una persona que buscaba respuestas y amor. Era amable al comunicarse y no había tapujos para hablar sobre cualquier tema. Flaco pero con músculos nerviosos, una mirada esculpida en su cráneo, difícil de descifrar, y una barba dorada que vestía su semblante.
¿Y dónde queda el capitán Keith? Bueno, aunque difícil de creer, él estaba a una decena de kilómetros, en la camilla del hospital de Maspalomas. Esto fue una sorpresa para mí también, ya que fui informado en el lugar. La noche anterior había sufrido de algo llamado “intestinos revueltos”, bueno al menos así es cómo lo llamaron ellos, algo me dice que no es el nombre médico. El caso es que el capitán estaba ingresado, y no se sabía si tenía que pasar por quirófano o sí con suerte, unos días en el hospital serían suficientes para recuperarse. Pasaron tres días, tres largos días colmados de preocupación y especulación. ¿Qué carajo haríamos si no se recuperaba? Todos nuestros planes, obviamente, tenían como eje principal esta travesía. La salud de Keith también nos concernía, pero aunque suene egoísta, era más bien su rol indispensable, que cancelaría toda la operación sin él, lo que más nos tensaba. En estos tres días de espera, conocí a una joven Australiana que viajaba, como bien dice ella, siguiendo el Sol. Al parecer éste brillaba en la desocupada cabina del Capitán. Pasamos un par de jornadas disfrutando de las caletas rocosas, achicharrados por el gigantesco astro, baños desvestidos en las costas contiguas al puerto, y sexo sin amor en el camarote de popa.
Tercer día de espera, y este texto llega al teléfono de Hubert, -“I’ll be there in 15 minutes”. Cuando Keith llegó, el sudor inundaba mi frente. Posiblemente fuera el recoger todas las diferentes pruebas esparcidas por todo el barco de lo que había ocurrido los días anteriores junto a el girasol viajero. Por suerte Keith nunca sospechó nada, pero tras conocerlo bien, no creo que le hubiera importado mucho. Setenta años, alto, con una barriga cervecera, mejor dicho, una barriga Guinness, llegó al barco y prendió un cigarrillo, estrechamos manos y nos presentamos. Decidimos esperar unos días para ver cómo evolucionaba su situación. Días en los que seguimos preparándonos, poniendo a punto winches, reparando desperfectos, cortando maderas y haciendo nuevos asientos para la bañera del barco (zona externa donde pasaríamos gran parte del día) y decenas de tareas de limpieza. La fecha inicial de salida, el dieciséis de diciembre, ya había pasado, y cada día la tensión crecía.
“We are leaving this Saturday”. En una de las comidas en el externo y expuestos a las miles de miradas que recibíamos de los transeúntes, celebramos tener una nueva fecha de salida. Llegó el momento de abastecernos ¿Te imaginas una compra de mil euros? Todo el barco se llenó de granos, pastas, legumbres, dulces de todo tipo, frutas, verduras, zumos, salsas, quesos, carne, diez botes de crema de cacahuete, y botellas de agua que juntos a los dos tanques internos nos avituallarían en las semanas que procedían. Si has llegado hasta aquí, gracias. La travesía comienza ahora. Todo lo que has leído lo escribo desde la memoria, sentado en un café en la costa Noreste de México.
Lo que viene ahora es la transcripción directa de los dos cuadernos, que tatué religiosamente desde la primera milla, hasta la última. Aunque encontrarás algunos tecnicismos relacionados con la navegación, estos párrafos manifiestan otro tipo de travesía. Una que dura lo que dura la vida. Una que todos saboreamos. Bienvenido a esta pequeña porción de la mía, que se dilata por más de 3000 millas náuticas, desde Canarias, hasta fondear en en Caribe.
Día 01
Majestuoso. Eso pensé cuando vi a Keith a la rueda del timón, del barco que él mismo había construido más de veinte años atrás. Con una sonrisa maniobró, como si lo hubiera hecho mil veces, ya que así era, hacia la salida del puerto. Sonrisas y gritos de emoción, mientras mirábamos la isla que se iba haciendo más y más pequeña. Viento del Sur, una veintena de nudos que nos impulsan hacia el Suroeste, nubes negras a babor y una par de rizos en la mayor. No me haré el duro, las primera horas fueron difíciles para mí estomago, hasta que me puse detrás del timón. Detrás de este no había nada más que el mar, el viento, y el compás que reposaba en la bitácora.
Día 02
Mi primer turno comenzó en la madrugada, de seis a doce, fue la primera de las noches en las que mi mirada buscó el espectáculo de luces que ofrecía la cúpula celeste. Al terminar, cociné mis archiconocidas tortitas de avena y plátano para toda la tripulación. Fueron bien recibidas, pero pagué cara esta incursión en la cocina, ya que el interior del barco volvió a dejarme indispuesto por unas horas. Me distraje echando la caña de pescar, buscando un buen señuelo e investigando en los libros que teníamos a bordo cuales eran las técnicas más convenientes. Elegí tirar 50 metros de línea y un pececillo estilo calamar. En este punto, hacía ya varias horas que la señal telefónica estaba out, así que toda la información disponible convergía en la veintena de libros que descansaban en las estanterías de la cabina principal, o mejor dicho, el salón, donde también reposábamos Jonáš y yo. En este salón se encontraban los dos sofá-camas, de 50 centímetros de ancho y el largo justo para tenderse en posición horizontal, y descansar por algunas horas. Yo me agencié el de estribor. No enganché nada en el anzuelo, pero tampoco me importó, ya que Hubert estaba en los fuegos cocinando un rico risotto al parmesano. Lo devoramos al unísono de un atardecer mantequilloso y una manada de delfines juguetones, que disolvían cualquier preocupación.
Día 03
Nuestro regalo de navidad fue un dorado que tras limpiarlo, cociné a la plancha con algo de cuscús. Un té negro bien caliente, charlas profundas entre cuatro hombres con cuatro vidas totalmente dispares, y diez nudos de Noroeste en popa. Por supuesto nada de alcohol, el barco debía mantenerse sobrio toda la travesía, lo cual no hizo una gran diferencia para mí, llevaba sobrio más de diez meses por aquel entonces. Despedí las últimas luces de Tenerife. Fueron las últimas que divisamos. Ya no había más tierra a la vista. Mi guardia era a la media noche. Escribía en la soledad, casi no hacia falta la lámpara frontal de color rojo que llevaba en mi frente, la inmensa Luna llena era suficiente. Un velero navegaba a la par que nosotros a unas cinco millas a babor. Tome la brújula de mano, y tras varias mediciones, vi que había probabilidad de colisión, así que desperté a Keith de su sueño profundo, cómo habíamos acordado en este tipo de situaciones. Su respuesta me dejó perplejo. La conversación fue así; entre gruñidos me pregunto si era un velero, a lo que respondí que sí. Me dijo que lo más probable es que fuera de fibra, y que por lo tanto nuestro querido Kinetic, construido en acero, lo partiría por la mitad en caso de un encontronazo. Me quedé atónito. Cambié el rumbo y nunca más volví a despertar al capitán.
Día 04
La mayor izada, vientos relajados, aún del Noroeste, lo que nos indicaba que seguramente estábamos en la parte baja del anticiclón de las Azores. Digo seguramente, porque realmente no teníamos más que una radio VHF y nuestro GPS a bordo, nada de boletines meteorológicos o mapas sinópticos de ningún tipo. Yo solo sabía que las altas presiones rotan en sentido horario en el hemisferio norte, y las bajas, en sentido antihorario. El barómetro marcaba 1020 (alta presión). Pasábamos horas intentando descifrar cual era la situación real, que pasaba a gran escala y cómo eso nos traía diferentes vientos, de hecho se convirtió en el pasatiempo favorito en los turnos de noche, que compartía con Hubert. Soltamos varias burradas, pero me gusta creer que a veces estuvimos en lo cierto.
Día 05
Entre comidas suculentas, lecturas varias, algunas viradas y trasluchadas, y escasas horas de sueño, casi llevábamos una semana a bordo. Fue en estos días que comenzamos a usar a La Morena. Así decidimos llamar a nuestro timón de viento, que comenzamos a usar el tercer día de periplo. Cada día, uno de nosotros lubricamos el instrumento religiosamente, siguiendo las órdenes del capitán, y por alguna razón darle un nombre femenino nos pareció una idea acertada. Este artefacto nos dejaba aún más tiempo libre, ya que era capaz de mantener el rumbo en relación al viento. Vendría a ser una piloto automático, que gracias a una pala de viento y un sistema de poleas iba rectificando el rumbo designado. Comencé a sentirme en familia. Los chicos eran amables conmigo y yo con ellos. Nuestro lema era “Treat others the same way you would want to be treated yourself”. Hubert y yo empezamos a tomarnos en serio el aprender sobre navegación astral, inspirados por un librito de a bordo, y Keith, que llevaba la mitad de su vida adulta enseñando el sujeto, accedió a instruirnos en el uso del sextante. Definir nuestra latitud y longitud, sin ningún tipo de aparato electrónico, me pareció simplemente mágico. Desde ese momento, todos los días clavamos los codos en ese libro, descifrando conceptos completamente nuevos para nosotros, que luego eran cuestionados y desarrollados en mayor profundidad por nuestro profesor.
Día 06
Me desperté mirando al agua. Ese azul oscuro me hacía sentir la densa inmensidad del océano, la sentí tanto que me pregunté a mí mismo si es que así era también como nuestra mente operaba. Me explico. La inmensidad de la vida, tal vez es demasiado que entender. Y, tal vez, por eso nos encontramos tan a menudo obsesionados con el “barco”, al fin y al cabo, es lo que nos mantiene a flote. Nos obsesionamos tanto que olvidamos todo lo que nos rodea, y hacemos de ese pequeño espacio todo nuestro universo. Esto puede llegar a ser útil. También limitante. Me deleite sintiéndome diminuto durante un ratito. La calma chicha reino el resto del día. Unos cocinaban, otros dormían… la navegación era sencilla, sin sobresaltos. Jonáš cocinó un rico estofado vegano a base de legumbres. La cocina vegetariana que él preparaba a menudo no le hacía mucha gracia a Keith. La relación entre ellos dos no había sido muy fluida, incluso desde antes de zarpar. Creo que las preferencias alimentarias eran parte del problema, pero sin duda, era la abismal diferencia entre sus ideologías la que generaba fricción entre ellos. Uno era un alma libre, que no quería saber nada del dinero y de la sociedad, y bueno, el otro tenía setenta años, y a pesar del estilo de vida tan aventurero que conlleva ser navegante, sin duda estaba más chapado a la antigua. Intente mantener las distancias y no involucrarme demasiado. Todos estos pensamientos se disiparon cuando el carrete de la caña empezó a sonar agresivamente, solté mi plato de garbanzos y comencé la captura. Parecía un atún de más de 10 kilos, por lo que pudimos ver de él mientras luchaba y saltaba fuera de la superficie. Por desgracia, a unos pocos metros de ser nuestro, consiguió escapar. Esa noche soñé con todos los platillos que habría podido preparar con semejante bestia. Sin embargo, capturé el cuarto dorado, y superamos el medio millar de millas recorridas antes de la medianoche. Con estos logros puede lidiar con la pérdida de 10 kilos de Sashimi.
Día 07
Arriamos Gennaker, izamos Génova. Son las seis de la mañana y las estrellas todavía agujerean el cielo. Aunque no haya dormido me siento estático. Las ráfagas de más de quince nudos nos han hecho reducir vela. Al terminar volvemos a conectar “La Morena” al timón, que con estas condiciones funcionaba de maravilla. Las manos libres hacen que mi cabeza se llene de ideas. Empecé a maravillarme con la infinidad de posibilidades que la vida ofrece. A fantasear. De un momento a otro me encontré deseando, deseando cosas diferentes a las que tenía delante de mis ojos. En ese momento, amablemente, regrese a el viaje, al momento, al amanecer que ahora desplegaba un espectáculo de luces. Esa mañana fue la primera vez que sostuve el peso del sextante en mis manos. Este en específico tenía más de cuarenta años. Imagine a los antiguos navegantes, siglos atrás, los verdaderos exploradores, que se adentraban en lo desconocido, confiando únicamente en sus conocimientos y un par de láminas metálicas, que median el ángulo entre el horizonte y el astro elegido. En este caso, nuestro cuerpo celeste fue el Sol. Tras unos intentos, consigo mi primera medición. Lo cierto es que solo con esta, no haces absolutamente nada, pero el goce de aprender algo completamente nuevo y desconocido fue inmenso.
Día 09
Treinta y uno. La vida sigue su curso demoledor que destruye y a su vez crea espacio para lo nuevo. La banda sonora de las guardias nocturnas se construye del mar encontrándose con el casco, las velas cansadas relinchan al son de un aura ligera. Así entrábamos en la última jornada del año. No voy a negar que el curry de la cena anterior también sumaba a la orquesta qué describo, en forma de flatulencias de alta frecuencia. Un día de reflexión profunda. Escribí frases como: “Este sueño fragmentado hace que el concepto de día y noche se trastoqué. Al comenzar algunas guardias solo pienso en la hora de volver a mi pequeña camita, pero después de unos minutos se me pasa”. Otras más trascendentales, “Siento la necesidad de ordenar mi vida en un día tan significativo. Veintiuno, cien euros en la cuenta, dirección al Caribe en un velero en medio del Atlántico. Sé que quiero trabajar a bordo de un barco, dedicarme a esto, al menos una época de mi vida. No sé cómo ni cuándo, pero así lo haré”. Y por último, sobre la belleza del entorno, “El cielo que observo, no me cabe duda, es el más estrellado que jamás haya impregnado mi pupila. A medida que rebanamos el Atlántico, pequeñas motas de plancton bioluminiscente se dejan ver a los costados de la barca, fulgurando todo a nuestro alrededor, abriendo la gran pregunta, ¿qué es arriba y que es abajo?” Para hacerlo aún mejor, ese día pescamos el dorado más grande que yo haya visto en mi vida. Tras forcejear por unos minutos, lo acerque lo suficiente para que Hubert lo trabara con el gran gancho metálico. Agradecimos al mar por darnos alimento y hogar. Limpiar a la bestia me llevo un rato, pero al terminar de filetear, y ver la cantidad de pescado fresco para las siguientes dos o incluso tres comidas, me sentí satisfecho. Por último, añadiré que este día, me dejé llevar por los convencionalismos, y también me propuse un cambio para el nuevo año. Desde hacía ya mucho que la idea de meditar a diario estaba en mí, pero nunca con éxito. Por eso creé una práctica llamada “veintidós minutos”, esta consiste en sentarse, y durante once minutos meditar, y los once restantes trabajar con la respiración, realizando ejercicios de pranayama. Por supuesto, siempre motivado por lo mismo, encontrar algo de claridad y paz en mi vida. ¿Cuánto crees que duraría?
Día 10
Escribo metido en mi saco de dormir. Mira hacia arriba, por la escotilla veo un azul claro, sin una mota de blanco. Otro día caluroso. El primero del año. Para celebrar Hubert cocinó un desayuno americano lleno de grasa, a base de huevos, tocino, tortitas y queso. Desplegamos nuestro spinnaker por primera vez, un momento que esperábamos desde hacía días, pero siguiendo las órdenes del capitán, aguardamos hasta tener las condiciones ideales. Ocho nudos del Este. Viento en popa, nunca mejor dicho… Ese día me tocó a mí marcar la posición el gran mapa que cubría la gran parte del Atlántico, costa Oeste de Europa y África y costa Este de América, clave las coordenadas y calcule cuántas millas quedaban por recorrer. Mil ochocientas. Lo cierto es que avanzamos lentamente, y en una decena de días no habíamos ni siquiera trazado un tercio de la distancia total. Mi vuelo hacia México partía desde la isla a la cual nos dirigimos. Perder ese vuelo sería un gran problema, por el simple hecho de que no tenía dinero para comprar otro. Lo bonito de esto, es que da igual. No hay absolutamente nada que puedas hacer. Así que me relaje, me puse a rebozar el pescado que capturamos el día anterior, para luego freírlo, y combinado con verduras, eso conformó la comida del día. Las verduras frescas escaseaban, y cada vez más comenzamos a usar otro tipo de alimentos, principalmente latas e hidratos como pasta, arroz, y quinoa.
Día 12
Los días son tranquilos, demasiado a veces. Hoy, en esta tranquilidad, he calculado mi primera latitud, con una precisión de dos millas. Dos millas. Menos de cuatro kilómetros. Si la idea de que con un vistazo al Sol, un sextante y un Almanaque náutico puedas definir tu latitud con esa precisión no te parece simplemente alucinante, piénsalo otra vez. Aprovechando esta quietud me pasé algunas horas cosiendo nuestro spinnaker, que había sufrido algunos daños menores. Jonáš me enseñó el arte del hilo y la aguja. De hecho fue él quien, en los primeros días de la travesía me ayudó a reparar la chaqueta que me abrigaba cada noche. Una chaqueta que mi padre me había otorgado antes de despedirnos, y que ahora es todavía más única. Mis patrones de sueño que cada día cambiaban de horario y que no solían durar más de cinco horas tenía un curioso efecto en mí, había empezado a soñar de nuevo. Desde hacía años que no me levantaba con un sueño en el recuerdo. Barcos voladores, mujeres sensuales e islas desiertas daban color a mis siestas, y siempre provocaban sonrisas en la tripulación cuando cada mañana narraba con pelos y señales mis historietas.
Día 13
Primer depósito seco. Esperábamos que durara más, debía durar más. Ahora nos quedaba otro depósito, también de unos 100 litros, y escasas botellas de agua que apenas sumaban una decena de litros al total. Empezamos a bromear con la muerte por deshidratación, porque no había mucho más que hacer al respecto. Comenzamos a racionalizar este preciado líquido, a cada uno nos tocaba un litro y medio de agua al día. Se me asignó la tarea de rellenar las botellas de cada tripulante, cada mañana, durante el resto del viaje. Tras unos cálculos básicos, me di cuenta de que tardando un poco más de lo planeado, nos quedamos sin agua. Preferí no alarmar al personal, y guarde mis preocupaciones en el bolsillo de la chaqueta. Soplaba de Este, suave. Aún así, marchamos a unos cinco nudos. Sin duda era gracias al gennaker que vestía la proa del barquito. Recuerdo la historia que Keith contaba a menudo sobre esta vela. Le encantaba repetir historias… El caso es que hace años, en algún puerto de Inglaterra, estaba él disfrutando de su querida pinta de Guinness en algún pub cerca de aquel puerto, cuando escuchó discutir a una pareja de homosexuales. Era la misma conversación que había escuchado antes ese día, cuando un velero clásico de madera estaba arranchando su gennaker en puerto. Discutían por qué esta vela les había dado varios dolores de cabeza. Keith se acercó, y bromeando ofreció comprarla por cincuenta libras. Diez años más tarde, esta nos hacía avanzar. Pasó también por mis manos, que repararon las pequeñas imperfecciones del uso diario. Esa noche preparé mi adaptación de papas a la riojana, que vendría a ser un sofrito de papas, cebollas, chorizo, garbanzos e hierbas varias. Como cada noche, cenamos juntos. Las conversaciones banales, hablando de mujeres, bromas intelectualmente nulas, e historietas, eran la guarnición perfecta para nuestros variados platillos.
Día 14
Dos semanas en el mar. Hoy me di cuenta de que echo de menos el canto de los pájaros. Increíblemente seguimos con condiciones cercanas a la ausencia de viento, empieza a ser desesperante. Me decidí a mover el cuerpo, entrenar un poco. 300 sentadillas, 50 pull ups, 50 dips, y 60 pistol squats, conformaron la sesión de aquel día. Mientras sudaba en cubierta, me vino la siguiente idea a la cabeza: “Si cambias deseos por acciones, el sufrimiento autoinfligido desaparece”. Hacía ocho días que no veíamos otra embarcación en el horizonte. También hacía varios días que nada picaba el anzuelo, desde el dorado gigante. Puse mi teléfono en carga, conectado a las baterías que se alimentaban de los dos paneles solares de a popa y el molinillo de viento. Había descargado algo de música, y un librito sobre la ciencia de la respiración. Tras encender el aparato, reproduje “El ataque de las chicas cocodrilo” de Hombres G. Te puedo prometer, querido lector, que jamás en mi vida he disfrutado tanto de un tema. Tal vez pienses que el mar estaba comenzando a afectar mi salud mental, y así era. Pero de la manera más increíble posible. En ese instante entendí que la vida está llena de placeres, pero estamos tan saturados de estos que hemos perdido la capacidad de disfrutarlos. Suena a cliché. A veces estos protegen algo de verdad, al fin y al cabo, por algo se repiten tanto ¿no?
Día 15
Durante unas horas, no hubo nada. Nada de nada. Cero nudos. Nos negamos a encender el motor, al fin y a cabo, esto era un velero. Nos dimos el primer chapuzón de la travesía. A mí personalmente la idea de chapotear sobre cinco mil metros de profundidad debajo de mi culo, me daba un poco de vértigo. Se pasó con unas cuantas cabriolas y compitiendo con Jonáš y Hubert a ver quién daba cuatro vueltas completas al barco antes… El viento volvió tras un par de horas, y junto con él la noche, tímidamente presentó sus constelaciones. La Osa Menor coronaba nuestro mástil, una noche más flotamos entre estrellas y plancton. Otro café aguanta mis párpados del colapso total. Escribo mientras Hubert capitanea el barco. En estas noches donde las maniobras son casi inexistentes, incluso tomamos siestas en cubierta, mientras el otro está al timón, con un ojo abierto y otro cerrado, preparados para la acción en caso que sea necesario.
Día 17
Finalmente la fuerza del Atlántico se dejó ver. Lluvia, oleaje y unos veinticinco nudos. Los cabos por fin chirriaban, el barco se escoraba a más de treinta grados, y las horas pasaban más rápido, cogiendo rizos, reduciendo el foque, y asegurándonos de no chocar con ningún cargo. Estábamos en nuestra guardia, como de costumbre Hubert y yo, cuando vimos algo que nos pareció muy extraño. Eran las luces que correspondían a una embarcación a motor, pero tras otro vistazo avistamos unas luces rojas, aproximadamente a una milla de la popa del barco. Lo primero que nos vino a la cabeza fue que había algún tipo de emergencia, que alguien estaba flotando ahí afuera, en medio de esa borrasca. Nos tomó media hora comprender que lo que estábamos viendo era un remolcador, con unas líneas metálicas de más de un kilómetro y medio de largo, que conectaban la carga con el barco en sí. Los llamamos por VHF, y ajustamos rumbo para evitar pasar por el medio de esos cables kilométricos.
Día 20
Una lata de champiñones, tres de mejillones, dos de calamares, una de tomate pelado, unos puñados de arroz, todo bañado con el agua de mar sobre la que navegamos. Paella enlatada, así lo bauticé. Había dos razones para crear este manjar. La más obvia es que ya no quedaba nada fresco a bordo. La segunda es que llevábamos los últimos dos días experimentando fuertes vientos de todas las direcciones, con más de tres metros de montañas de agua que se movían junto a nosotros. No eran las mejores situaciones para elaborar alta cocina. La olla a presión era la mejor arma para sacar sabores, y más importante, porciones gigantescas con las que satisfacer el apetito insaciable de la tripulación. La navegación se vuelve más exigente a medida que las condiciones se agravan. Conciliar el sueño, y mantenerlo, es ardua tarea. El pequeño casco es azotado por las olas y arqueado por el viento. Puro rock & roll. Cansado, y feliz.
Día 22
Los cuerpos humanos empiezan a desprender olores que desconocía. La convivencia se hace algo pesada, pero solo un poco. Vientos del Norte por fin dejan paso a los de Oriente, más amables. Pongo a contar el cronómetro de mi pequeño Casio. Cada día desde que me lo propuse, este ha marcado veintidós minutos. Estos me dan refugio. Tras tres semanas, se vuelve necesidad natural la de crear espacio para uno.
Día 25
Ribera Del Duero. Así se llamaba. Avistamos este cargo noruego de trescientos metros de eslora, a unas dos millas de distancia. ¿Recordáis que llevábamos varios días racionalizando nuestras reservas de agua? La verdad que yo detestaba el agua del depósito. Tenía la teoría de que era increíblemente dañina para nuestra salud, por los químicos que necesitaba para que no aparecieran algas en ella, y por su origen. Nadie en Gran Canaria bebía agua del grifo. Fueron estos pensamientos los que me hicieron formular la siguiente pregunta al capitán; ¿Why Don't we call them on the VHF and ask for some supplies? Dicho y hecho, cogemos la radio, y nos agrupamos en cubierta, alrededor de Keith que tranquilamente, y siguiendo el procedimiento estándar, preguntó si nos recibían. Una voz femenina salió del aparato. Todos empezamos a fantasear… ¿Cómo sería ella, qué ropa llevaba, que era de su vida? Era el primer contacto femenino que teníamos desde hacía veinticuatro días. Cambiamos al canal 06, donde gestionamos la operación. Tras cuarenta y cinco minutos navegando en su dirección, arriamos velas, y por primera vez desde que zarpamos, encendimos nuestro pequeño motor. A un centenar de metros de aquel monstruo metálico, nuestro pequeño velerito se empequeñece. Habíamos solicitado unos cuarenta litros de agua. Tuvimos que usar la driza del spinnaker, y tras algo de forcejeo, la gigantesca bolsa era nuestra. Al abrirla encontramos no cuarenta, sino ochenta litros de agua, además de tres deliciosas tabletas de chocolate noruego. Agradecidos nos despedimos de ellos, entre aplausos, saludos sinceros y una gran euforia. Fue mágico. En el medio de la nada, los grupos de humanos se encuentran y se ayudan. Me sentí tan vivo. Sentí la emoción de nuestra tripulación y la del gigantesco buque. Tanto para ellos como para nosotros fue un momento inolvidable.
Día 26
Amanece en blanco y negro. Hoy he soñado con chicas bonitas y copas de vino que en el pasado borraban mi memoria y mi juicio. Me desperezo antes de comenzar mi turno. Keith siempre me despierta unos minutos después de la hora establecida, no sé si es un gesto de amabilidad, o tal vez un despiste. Me gusta pensar que es lo primero. Escribo algunas líneas en cubierta, rutina nocturna la de clavar la pluma en mi cuaderno. Aquella noche escribí sobre el pasado, sobre mujeres y lugares. Islas griegas que me acogieron, una relación que se fue consumiendo poco a poco, distraerme con esa joven italiana, en aquella habitación de aquel hotel, en las costas de Creta. Para cuando termino de retozar en recuerdos, puedo apagar la luz roja que emana de mi frente. Llevamos dos rizos en la mayor, las olas, aunque fluyen en nuestra dirección, nos azotan. Los vientos del Noreste nos ayudan en la recta final a nuestro destino. Las nubes susurraban lluvia, y cumplieron su promesa pocas horas más tarde.
Día 28
Con mi mirada aceché a una niebla que me parecía extrañamente baja y oscura, en la amura de babor. Me tomó un par de segundos descifrar la silueta. Tierra firme. Salte a avisar al resto de la tripulación. Nos abrazamos, y rugimos la palabra “¡land!” hasta que se nos secaron las cuerdas vocales. Estábamos cerca. Llegó el momento de cambiar el gigantesco mapa del Atlántico, por una que acogía los archipiélagos de barlovento norte, en el mar del caribe. Ninguno durmió esa noche. La monotonía del vasto océano se rompió con aguas infectadas por cientos de embarcaciones, zonas rocosas que evitar, y un rumbo preciso que seguir hasta llegar a Simpson Bay, en la isla de San Martín.
Día 29
Nos tomó un rato encontrar un lugar donde fondear. Entramos en la bahía arropados por la noche. El ancla ya reposaba en la fina arena, apenas cinco metros de profundidad nos separaban de esta, cuando el alba desveló el verde de las montañas, el blanco de las playas, el turquesa del ponto, y los otros veleros que flotaban a unos metros de nosotros…Y fue mientras mirábamos toda esa belleza, que volvimos la mirada a nosotros. Un apretón de manos, un abrazo y la enhorabuena. Así sellamos la travesía, Keith, Hubert y Jonáš, y un servidor. Recuerdo mirar a cada uno de ellos a los ojos, solo pude ver respeto y amor.
San Martín
Pasé cuatro noches en la isla amistosa, como la llaman ellos. Cuatro días de limpieza de lo que había sido nuestra casa flotante, cuatro días de explorar la isla, cuatro días en los que me volví a acostumbrar al suelo firme. A pesar de pasar un mes compartiendo un baño de medio metro cuadrado, Hubert y yo seguimos pasando juntos la mayor parte de nuestro tiempo en San Martín. Con la diminuta lancha, en la que solo dos personas podían montarse, recorrimos la marina en busca de chicas que quisieran pasar un buen rato con unos marineros recién llegados. El holandés tuvo mejor suerte en esta misión. De hecho, la noche en cuestión, empezó con dos cosas que me encantan; pizza y reggae. Al ver que mi colega estaba en proceso de seducción, decidí retirarme a tiempo. El problema vino al subirme en la lancha, con intención de volver al barco, y encontrar que no quedaba una gota de combustible en el depósito. Agarré el par de remos que por suerte estaban en la goma, y tras media hora remando en la oscuridad llegue a mi querida cama. A las tres me despertaron los ruidos de alguien caminando en cubierta. Abrí mis ojos, y ahí estaba Hubert, completamente desnudo y empapado. Ese canalla había nadado hasta el barco en mitad de la noche. Al parecer el pez que atrapó tenía trabajo a la mañana siguiente. Mi vuelo a Cancún salió en una mañana calurosa. En el aeropuerto me encontré a Jonáš, él partiría hacia Ciudad de México. En la escala que hicimos en Santo Domingo, me volví a encontrar con Hubert, que volaba dirección a Cuba.
Me asomé por la ventanilla, las nubes que había mirado con curiosidad durante el último mes, mientras me preguntaba si formaban parte de una alta o baja presión, intentando descifrar qué brisas nos traerían, quedaban ahora debajo de mi, mientras mi culo reposaba en la comodidad del avión. En unas horas aterrizaría en la gran ciudad, y en unas pocas más, estaría enseñando el arte de usar el viento para deslizarse en las aguas.
Queda mucho en el tintero, mejor así.
Hasta la próxima.
Carrete por Hubert. Gracias amigo.
















































































